Sociedad Chilena de Medicina Familiar

Quedarse en casa. Una reflexión médico-familiar

Dra. Gladys Caro Lovera, Médica de familia, Jefa Depto. Medicina Familiar, sede de La Patagonia, Universidad San Sebastián. Integrante del Directorio SOCHIMEF.

Se sabe ya desde hace siglos que el aislamiento es una de las estrategias más efectivas para el control de epidemias por determinadas enfermedades transmisibles. En la actual pandemia por SARS-CoV-2, una de las recomendaciones centrales repetidas incesantemente por expertos, autoridades sanitarias y agentes de salud es #Quedateen casa. Sin embargo, parece necesario prestar atención al hecho que el aislamiento en domicilio tiene distintas connotaciones, dependientes de la funcionalidad familiar, otros problemas de salud y/o condición dependiente de miembros del hogar, así como de la capacidad de disponer de ingresos económicos y de las características de la vivienda, entre otros. Por ello cabe reflexionar sobre el significado del llamado a quedarse en casa, desde la perspectiva de la medicina familiar.

Claramente, las características de la vivienda ocupada por un hogar modulan la salud de sus integrantes, ya sea como una unidad protectora o actuando en la génesis de enfermedades. Según la OMS la relación entre vivienda y salud se explica por sus dimensiones, significado social y emocional, condiciones físicas de la vivienda, y su entorno físico y social. De este modo, el hacinamiento se asocia a una peor autopercepción de salud, problemas de salud mental, conductas de riesgo, alteraciones del sueño, enfermedades infectocontagiosas, mal rendimiento escolar, y falta de privacidad. La imposibilidad de mantener una temperatura adecuada en la vivienda es un factor de riesgo para morbimortalidad cardiovascular y respiratoria. La falta de aislación acústica se asocia a aumento de trastornos de estrés y carencia de sueño. Por su parte, entornos comunitarios riesgosos propician enfermedades alérgicas y respiratorias, accidentes y violencias, daño en salud mental, inseguridad, exposición a agentes químicos nocivos, exposición a vectores; y otros. También se ha establecido que las personas resisten menos las presiones ambientales en el ambiente de la vivienda, que en escenarios con igual o mayor presión como el lugar de trabajo.

Por ello, la OMS lanzó en el año 2000 una iniciativa que promueve el compromiso de los gobiernos por el desarrollo de la vivienda saludable, definida como “el espacio de residencia que promueve la salud cumpliendo con las siguientes condiciones fundamentales: Tenencia y ubicación seguras, estructura adecuada, espacios suficientes, acceso a los servicios básicos, muebles y utensilios domésticos y bienes de consumo seguros, entorno adecuado y uso adecuado de la vivienda”. En ese contexto, el Instituto Nacional de la Vivienda establece las cualidades que deben reunir las  Viviendas Saludables en Chile, referidas a la estructura física de la residencia (dimensiones, distribución y uso); condiciones relacionadas con el ámbito del comportamiento individual y colectivo de sus habitantes (privacidad, identidad y seguridad ciudadana); condición térmica de la vivienda (temperatura, humedad relativa y riesgo de condensación); condiciones acústica ( aislamiento a la transmisión del ruido aéreo y de impacto) y lumínica ( iluminación natural y otros).

La realidad de la distribución estructural de las familias en Chile, muestra que de cada 100 personas entre 15 a 64 años, 46 son económicamente dependientes, y de estos 17 son adultos mayores. De acuerdo al CENSO 2017, existen 1.073.151 hogares extendidos, los hogares nucleares monoparentales alcanzan a 717.732, con un 85% de jefaturas femeninas, los que con mayor frecuencia se asocian a vulnerabilidad económica. Asimismo, existen 1.004.161 de hogares unipersonales, con un 53,7% de hombres y 46,3% de mujeres. Si bien esto parecería ser una ventaja para la implementación de las medidas de aislamiento, en una primera mirada, más bien cabe considerarla como una situación de mayor riesgo para las personas infectadas, al no existir un agente de salud informal que provea de cuidados, detecte signos y síntomas de alarma, o que gestione con los centros de salud la atención del paciente. Además, el hacinamiento en las viviendas particulares, definido  como igual o más de 2,5 personas por pieza de uso exclusivo como dormitorio, alcanza a 371.928 hogares, de los cuales 24.715 presentan hacinamiento crítico con más 5 personas por dormitorio. Otro elemento a considerar en medio de esta vulnerabilidad, es el hecho que 516.826 trabajadores están siendo afectados por la Ley de “protección” al empleo, y que el 33,5% del gasto total en salud corresponde al Gasto de bolsillo

Respecto de las características socio-residenciales de las viviendas en las que familias deben confinarse acogiendo la recomendación de las autoridades, la realidad de nuestro país exhibe una situación altamente preocupante. En primer lugar, cabe señalar la persistencia de familias que forman parte del déficit habitacional cuantitativo, que alcanza un total de 349.989 hogares, conformado por143.196 hogares allegados, 77.526 núcleos hacinados, y 129.267 de viviendas irrecuperables. Las familias que viven en viviendas irrecuperables, presentan una situación de particular vulnerabilidad, pues corresponden a hogares con piso de tierra y/o paredes exteriores o techos de materiales precarios, tales como, lata, cartón, plástico, etc. Igualmente, es necesario mencionar a las familias con déficit habitacional cualitativo, que aunque parece menos grave afecta a 1.303.484 familias, y comprende la exigencia de ampliación, mejoramiento y conservación de las viviendas, pero además incluye a un grupo de 339.353 que tienen déficit de acceso a servicios sanitarios básicos. En relación con esto mismo, en el área urbana, 98,8% de las viviendas utiliza agua de la red pública, pero un 1,2% no tiene acceso, lo que representa   77.838 viviendas. Esto es muy grave, considerando el valor fundamental que tiene, en este momento, la necesidad de lavarse las manos frecuente y apropiadamente para prevenir la infección por nuevo Coronavirus.

En cuanto a la estructura de las viviendas, no es particularmente evidente que las políticas públicas hayan tenido un avance sustantivo en asumir el criterio de tamaño para considerar que una vivienda sea saludable. En efecto, si bien el SERVIU tiene como exigencia legal una superficie de vivienda de 55m2, no incorpora consideraciones referidas a las particularidades estructurales y funcionales de las familias, o la presencia de problemas de salud con requerimientos especiales de sus miembros. No es casual que se observe entonces una clara gradiente social en lo referido al tamaño de la vivienda: un estudio realizado por la Universidad de Chile, muestra que el 56% de la viviendas en Santiago son de ≤ 70 m2, mientras que en Lo Barnechea la media de 161,8m2, y en Lo Pinto de 47,8m2. También, persisten viviendas que fueron construidas hace varias décadas pero en una modalidad que en ese momento se estimó provisoria, dada la urgencia para reducir la apremiante necesidad de reducir el déficit habitacional. Un ejemplo de ello fue la construcción 212.000   casas entre los años 1974 y 2000, de las cuales el 51% tienen una superficie habitable inferior a los 45 m2.

Una condición aún más compleja, es la de los campamentos. Según los datos del Catastro Nacional de Campamentos 2019, se contabilizaron 802 campamentos con 47.050 hogares, lo que representa un aumento de 22% en comparación al catastro del año 2011. De ese total, un 19% de los hogares presenta hacinamiento. El 47% son viviendas semiprecarias de estructura frágil y sin terminaciones, como mediagua o similar.  El agua proviene principalmente de la red pública sin medidor (42%) y de camiones aljibe (27%).

Entonces, en una realidad habitacional como ésta, con graves déficit que afectan a las capas socioeconómica y territorialmente más vulnerables, es conveniente visualizar al espacio público, esto es, calles, veredas, plazas, etc, como una extensión física funcional y sociocultural del hogar, como un ámbito complementario a la vivienda, debido a que en él pueden ocurrir todas las actividades que no tienen cabida en la vivienda mínima. Es en la calle donde los niños juegan, los adolescentes socializan de acuerdo a las motivaciones de su etapa de desarrollo, donde ocurre intercambios de conocimientos con los vecinos, se crean redes protectoras de amistad y solidaridad, se instala la silla de la abuela para que ella se siente y entretenga, el escenario donde las parejas tienen espacio para juguetear, los vecinos para conversar, donde se sacan los muebles mientras se hace un aseo más profundo de la casa, se deja la leña hasta que se pueda apilar, se hacen celebraciones, se practican deportes (ej. pichanga futbolera), etc.

Da la impresión que la instrucción de aislamiento se dirige a las familias sólo como una idea general, abstracta, teniendo cada una de ellas que resolver cómo implementarla efectivamente. Cada familia determina cómo se distribuye el espacio al interior de su vivienda, cómo conviven sus miembros en esta situación excepcional, pero sin contar con ningún tipo efectivo de orientación o apoyo por parte de las organizaciones formales del Estado. Hace falta, por ejemplo, proponer actividades para entretener a los niños comunitariamente –con los debidos resguardos por supuesto- para así disminuir el estrés familiar por el encierro.

La pandemia puso en evidencia, dramáticamente, la persistencia de graves inequidades en nuestra sociedad, tal como puede constatarse en el ámbito habitacional. Así, mientras un sector dispone de condiciones adecuadas para respetar el aislamiento, es el momento para discutir la urgencia de reformular las políticas públicas en el sector vivienda, enriquecidas con una perspectiva de salud familiar. Y también, en estas circunstancias excepcionales, aprovechar de recuperar los espacios públicos y promover su uso adecuado por parte de quienes están impedidos de hacer confinamiento total, ya que por las condiciones de sus viviendas no tienen otra alternativa. Con la pelota de trapo, con el gato y con el perro, el caballo lo miraba (todavía).

Agradecimientos: Dr. José Antonio Vergara (USS) quien aportó con algunas ideas y revisión crítica

Bibliografía

  1. Balance de vivienda social y entorno urbano 2017. Cámara Chilena de la Construcción, Chile 2017
  2. Catastro Nacional de Campamentos Análisis de Situación Habitacional Centro de Estudios de Ciudad y Territorio. Diciembre de 2019. Chile
  3. Catastro nacional de campamentos MINVU 2019. Chile
  4. Déficit habitacional cuantitativo Censo 2017. Publicación Nº05. Fundación Vivienda, 2018. Chile
  5. Novoa, A. El impacto de la crisis en la relación entre vivienda y salud. Políticas de buenas prácticas para reducir las desigualdades en salud asociadas con las condiciones de vivienda. Gaceta Sanitaria. Vol 28. Pag 44-50. España, 2014
  6. La dimensión humana en el espacio público. Recomendaciones para el análisis y el diseño. Programa de Espacios Públicos de la División de Desarrollo Urbano (DDU) del Ministerio de Vivienda y Urbanismo (MINVU). Chile, 2017
  7. Vivienda saludable: reto del milenio en los asentamientos humanos de América Latina y el Caribe. OMS. 2005
  8. Segunda entrega resultados definitivos censo 2017. INE
  9. Torres, M. La calle y la vivienda: relaciones de espacio público y vida comunitaria. Universidad Autónoma del Estado de México. VOL Julio- diciembre. Pag. 31-53. México, 2016
  10. Link https://www.observatoriourbano.cl/estadisticas-habitacionales/

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